
El sonido de un motor puede formar parte importante de la experiencia de conducir. Para muchos aficionados, escuchar un buen motor atmosférico, el sonido grave de un V8 o el particular pulso de determinadas motocicletas deportivas o custom, constituye parte del atractivo del mundo motor.
Pero existe una diferencia entre disfrutar del sonido de un vehículo y modificar deliberadamente su escape para conseguir niveles de ruido capaces de llamar la atención de todo un barrio.
¿Por qué algunas personas sienten especial atracción por los escapes extremadamente ruidosos?
La respuesta no parece ser única. La psicología permite plantear diferentes factores relacionados con la búsqueda de sensaciones, la búsqueda de identidad o de pertenencia a determinados grupos y, posiblemente en algunos casos, el deseo de generar una reacción en los demás (aunque esta pueda ser negativa).
El vehículo como una extensión de nuestra identidad
Un automóvil o una motocicleta no siempre es percibido simplemente como un medio de transporte. Para algunas personas representa gustos, personalidad, posición social o pertenencia a determinada cultura.
Esto ayuda a entender por qué modificamos vehículos incluso cuando esas modificaciones aportan poca o ninguna utilidad práctica.
Pintura, llantas, suspensión, accesorios y sonido pueden funcionar como formas de expresión personal. Desde esta perspectiva, modificar el escape permite que esa identidad no solamente sea visible: también puede hacerse audible.
El conductor ya no necesita que alguien mire directamente su vehículo para hacerse notar. Puede ser percibido incluso antes de aparecer.
Esto no implica necesariamente una necesidad patológica de atención. Para algunos aficionados simplemente puede formar parte de la satisfacción de personalizar una máquina y sentirla como algo propio.
Sin embargo, cuando el objetivo explícito pasa a ser conseguir que otras personas reaccionen ante el ruido, entramos en un terreno psicológicamente más interesante.
La búsqueda de sensaciones
Uno de los conceptos más estudiados en psicología del tránsito es la denominada sensation seeking o búsqueda de sensaciones.
Las personas con puntuaciones elevadas en este rasgo tienden a sentirse atraídas por experiencias novedosas, intensas o estimulantes.
En el mundo de las motocicletas existen investigaciones que han encontrado asociaciones entre búsqueda de sensaciones y determinadas conductas de conducción más temerarias.
Un estudio publicado en Transportation Research Part F, realizado con 550 motociclistas norteamericanos, encontró asociaciones entre búsqueda de sensaciones y agresividad con conductas como exceso de velocidad y realización de maniobras o acrobacias.
Otro trabajo sobre motociclistas jóvenes identificó diferentes perfiles de conductores y describió un grupo caracterizado precisamente por una elevada búsqueda de sensaciones y una mayor comodidad frente a determinadas conductas riesgosas.
Esto no demuestra que una persona utilice escape libre debido a este rasgo. Sin embargo, permite plantear una hipótesis razonable: para algunas personas, el ruido puede formar parte del paquete sensorial de conducir.
No solamente importa acelerar. También importa sentir vibraciones, escuchar el motor y experimentar físicamente la respuesta de la máquina.
“Mírenme”: cuando el ruido garantiza atención
Existe otra característica particular del ruido: es extremadamente difícil de ignorar.
Una modificación estética necesita ser observada. Un escape extremadamente ruidoso, en cambio, obliga involuntariamente a quienes están alrededor a percibirlo, es como casi una respuesta instintiva.
Esto abre una pregunta interesante: ¿puede existir en algunos conductores una búsqueda deliberada de atención?
Es una posibilidad, pero conviene diferenciar entre hipótesis y evidencia.
Una persona puede modificar su vehículo buscando reconocimiento dentro de un grupo de aficionados, intentando expresar una identidad propia dentro de «la manada»o simplemente porque disfruta personalmente del resultado. Otra podría disfrutar específicamente de comprobar que las personas se giran cuando pasa.
Desde fuera ambas conducen vehículos ruidosos, pero sus motivaciones psicológicas podrían ser completamente diferentes.
Incluso una reacción negativa puede funcionar como una forma de atención: alguien escuchó el vehículo, miró hacia él o comentó su presencia.
Sonido, potencia y sensación de presencia
El escape también puede tener un significado simbólico.
Culturalmente hemos asociado determinados sonidos de motores con potencia, velocidad y prestaciones. No sorprende entonces que aumentar el volumen pueda aumentar subjetivamente la sensación de conducir una máquina más poderosa.
Esto puede extenderse también hacia la imagen que el conductor pretende proyectar.
Para determinadas personas, un vehículo particularmente ruidoso podría convertirse en una manera de comunicar presencia, dureza, potencia o estatus dentro de un determinado grupo.
Incluso podríamos plantear que, en ciertos casos, provocar intimidación forme parte del atractivo: no necesariamente porque exista intención de agredir a alguien, sino porque resulta gratificante proyectar una imagen capaz de generar respeto, sorpresa o incluso temor.
Sin embargo, demostrar esta motivación requeriría estudiar específicamente a quienes modifican sus vehículos por estas razones. No podemos inferirla simplemente observando un escape ruidoso.
¿Y qué ocurre cuando molestar forma parte de la diversión?
Aquí aparece uno de los estudios más interesantes —y polémicos— sobre este tema.
La psicóloga Julie Aitken Schermer, de Western University en Canadá, estudió a 529 estudiantes universitarios y les preguntó, entre otras cosas, hasta qué punto consideraban su automóvil una extensión de sí mismos, cuánto les gustaban los automóviles ruidosos y si modificarían el silenciador para aumentar su volumen.
Los participantes también respondieron instrumentos destinados a medir determinados rasgos de personalidad.
Los resultados mostraron que ser hombre y obtener puntuaciones superiores en psicopatía y sadismo como rasgos de personalidad predecían una mayor afinidad hacia los automóviles ruidosos y las modificaciones destinadas a aumentar el sonido. El modelo estadístico explicó aproximadamente un 29 % de la variación observada.
El resultado es llamativo, pero necesita una aclaración enorme.
El estudio no demuestra que quienes utilizan escapes modificados sean “psicópatas” ni que tengan un trastorno psicológico, para nada.
Se estudiaron rasgos de personalidad mediante cuestionarios en una muestra específica —estudiantes universitarios de negocios— y se midieron actitudes e intenciones relacionadas con automóviles ruidosos, no se diagnosticaron enfermedades mentales ni se estudió a toda la población de propietarios de vehículos modificados.
Aun así, plantea una hipótesis interesante: para algunas personas, la reacción negativa provocada en terceros podría formar parte de la recompensa.
En otras palabras, quizás no siempre se trate de “me gusta cómo suena mi auto”. En determinados individuos también podría existir algo de “me gusta que los demás tengan que escucharlo, aunque no les guste”.
Identidad y pertenencia: sonar como parte de una tribu
Existe además una explicación mucho menos conflictiva: pertenecer a un grupo.
Las culturas automotrices y motociclistas desarrollan sus propios códigos. Determinadas modificaciones pueden otorgar reconocimiento dentro de una comunidad y convertirse en señales de pertenencia.
Lo que para una persona ajena al mundo motor representa simplemente ruido, dentro de cierto grupo puede interpretarse como preparación mecánica, carácter o identidad.
Este fenómeno no es exclusivo del ruido. Las modificaciones de vehículos históricamente también han funcionado como formas de expresión cultural y comunitaria. Por ejemplo, la cultura lowrider estadounidense ha utilizado la personalización del automóvil como expresión artística, familiar y de identidad cultural durante décadas.
Por eso tampoco sería correcto interpretar automáticamente cualquier modificación llamativa como búsqueda desesperada de atención.
No es lo mismo disfrutar un motor que querer despertar un barrio entero.
Probablemente esta sea la distinción más importante.
Un aficionado puede disfrutar enormemente del sonido de su vehículo y, al mismo tiempo, evitar aceleraciones innecesarias durante la madrugada o reducir conscientemente el ruido cuando circula por zonas residenciales.
Otra persona puede buscar deliberadamente petardeos, aceleraciones en vacío o niveles extremos de sonido precisamente en lugares donde sabe que generará una reacción.
Exteriormente ambos poseen vehículos modificados.
Psicológicamente, sin embargo, podríamos estar observando comportamientos motivados por razones completamente distintas.
En uno predomina el disfrute mecánico y sensorial. En otro podrían intervenir con mayor intensidad la búsqueda de atención, la transgresión de normas sociales, la necesidad de proyectar determinada imagen o incluso el placer producido por la reacción de terceros.
Entonces, ¿qué dice realmente la psicología sobre los escapes ruidosos?
La evidencia disponible permite hablar de asociaciones y posibles mecanismos psicológicos, pero todavía no permite construir un perfil universal de quien utiliza un escape libre.
La búsqueda de sensaciones puede explicar parte del atractivo de experiencias intensas relacionadas con la conducción. La identidad y pertenencia pueden explicar determinadas modificaciones. La necesidad de reconocimiento puede constituir otra motivación posible.
Y existe al menos un estudio que encontró una asociación entre la preferencia por automóviles deliberadamente ruidosos y determinados rasgos oscuros de personalidad.
Pero ninguna de estas explicaciones debería convertirse en una etiqueta aplicada automáticamente a una persona.
Quizás la pregunta más interesante no sea simplemente por qué alguien quiere escuchar más su motor, sino otra:
¿Qué busca sentir —o provocar en los demás— cuando decide que todos a su alrededor también tienen que escucharlo?
Ahí probablemente comienza la parte verdaderamente interesante de la psicología detrás del ruido y también de plantearse como una pregunta introspectiva para quienes disfruten de esta práctica.
Fuentes bibliográficas consultadas:
- Schermer, J. A. (2023). A desire for a loud car with a modified muffler is predicted by being a man and higher scores on psychopathy and sadism. Current Issues in Personality Psychology.
- Antoniazzi, D. & Klein, R. (2019). Risky riders: A comparison of personality theories on motorcyclist riding behaviour. Transportation Research Part F: Traffic Psychology and Behaviour.
- Wong et al. (2010). Determinants behind young motorcyclists’ risky riding behavior. Accident Analysis & Prevention.